El proceso creativo

(de James Baldwin)

Quizá la distinción principal de el/la artista sea que debe cultivar activamente aquél estado que la mayoría, necesariamente, debe evitar; el estado de soledad. Que toda persona está sola ante las grandes adversidades es una banalidad -una banalidad porque se enuncia muy frecuentemente, pero es creída, con base en evidencia, rara vez. La mayoría de nosotrxs no está obligadx a dilatarse en el conocimiento de nuestra soledad, pues es un conocimiento que puede paralizar toda acción en este mundo. Hay, siempre, pantanos que drenar, ciudades por crear, minas que explotar y niños que alimentar. Nadie puede hacer ninguna de estas cosas solx. Pero la conquista del mundo físico no es la única obligación de una persona. Está instada a su vez a conquistar los grandes espacios silvestres en sí. El rol preciso de el/la artista es, entonces, iluminar esa oscuridad, abrir caminos a través de ese vasto bosque para que no perdamos, en toda nuestra obra, la vista de su propósito, que es, después de todo, hacer del mundo un lugar más habitable.

El estado de soledad no pretende traer a la mente, sin más, una rústica reflexión junto a un lago plateado. La soledad de la que hablo se parece mucho más a la soledad del nacimiento o la muerte. Es como la soledad temeraria que se ve en los ojos de alguien que está sufriendo, alguien a quien no podemos ayudar. O es como la soledad del amor, la fuerza y misterio que tantxs han alabado y tantxs han maldecido, pero que nadie nunca ha entendido ni sido realmente capaz de controlar. Lo pongo de este modo sin ningún deseo de hacer sentir pena por el artista -¡Dios no lo quiera!- sino para sugerir cómo su estado es casi, después de todo, el estado de todos, y en un intento de hacer vívido su empeño. El estado de nacimiento, sufrimiento, amor y muerte son estados extremos -extremos, universales e ineludibles. Todos lo sabemos, pero más nos valdría no. El artista está presente para corregir los delirios en que caemos presa en nuestros intentos de evitar este conocimiento.

Es por esta razón que todas las sociedades han luchado contra el/la incorregible perturbador/a de la paz: el/la artista. Dudo que las futuras sociedades la lleven mejor con él/ella. Todo el propósito de la sociedad es crear un baluarte contra el caos interno y externo, para hacer tolerable la vida y mantener viva a la raza humana. Y es absolutamente inevitable que cuando una tradición ha evolucionado, sea cual sea, la gente, en general, va a suponer que ha existido desde antes del comienzo de los tiempos y será reacia e incluso incapaz de concebir cualquier cambio. No saben cómo vivirían sin esas tradiciones que les han dado identidad. Su reacción, cuando se sugiere que pueden o deben, es el pánico. Y hoy vemos este pánico, creo, en todo el mundo, desde las calles de Nueva Orleans hasta el espeluznante campo de batalla de Argelia. Y un nivel de conciencia más alto entre la gente es la única esperanza que tenemos, ahora o en el futuro, de minimizar el daño humano.

Lxs artistas se distinguen de todos los demás actores responsables de la sociedad -políticxs, legisladorxs, educadorxs y científicxs- por el hecho de ser su propio tubo de ensayo, su propio laboratorio, trabajando de acuerdo a reglas muy rigurosas, por poco explícitas que sean, y no puede permitir que ninguna consideración reemplace su responsabilidad de revelar todo lo que puede descubrir sobre el misterio del ser humano. La sociedad debe aceptar algunas cosas como reales; pero ellxs siempre deben saber que la realidad visible esconde una más profunda, y que todas nuestras acciones y logros se apoyan en cosas invisibles. Una sociedad debe asumir que es estable, pero el/la artista debe saber, y debe hacernos saber, que no hay nada estable bajo el cielo. Uno no puede construir una escuela, enseñar a un/a niñx, o conducir un auto sin dar algunas cosas por sentado. Lxs artistas no pueden ni deben asumir nada, deben ir al corazón de cada respuesta y exponer la pregunta que la respuesta oculta.

Pareciera que hago declaraciones grandilocuentes de una casta de hombres y mujeres históricamente despreciada en vida y aclamada en segura muerte. Pero, de algún modo, el honor desfasado que todas las sociedades ofrecen a sus artistas prueba la realidad del punto que intento exponer. Intento aclarar la naturaleza de la responsabilidad del artista para con su sociedad. La naturaleza peculiar de esta responsabilidad es que nunca debe cesar de luchar contra ella, por su causa y por su bien. Pues la verdad es que, a pesar de las apariencias y de nuestras esperanzas, todo siempre está cambiando, y la medida de nuestra madurez como naciones y personas es lo bien preparadxs que estamos para hacer frente a estos cambios y, más aún, usarlos en nuestro beneficio.

Ahora bien, cualquiera que haya sido llevado a pensar en ello -cualquiera que haya estado enamorado, por ejemplo- sabe que el único rostro que nadie nunca puede ver es el propio. El amante, o la hermana, o el enemigo ve el rostro que usas, y este rostro puede provocar las reacciones más extraordinarias. En esencia, hacemos lo que hacemos y sentimos lo que sentimos porque debemos -somos responsables de nuestras acciones pero rara vez las entendemos. Sobra decir, creo, que si nos comprendiéramos mejor nos dañaríamos menos. Pero la barrera entre unx mismx y el conocimiento de unx mismx es alta. ¡Hay tantas cosas que unx preferiría no saber! Nos convertimos en criaturas sociales porque no podemos vivir de otra manera. Pero para llegar a ser social, hay otras muchas cosas en las que debemos no convertirnos, y estamos aterradxs, todxs, de estas fuerzas dentro de nosotrxs que amenazan perpetuamente nuestra precaria seguridad. Mas las fuerzas están allí: no podemos despedirlas. Lo único que podemos hacer es aprender a vivir con ellas. Y no podemos doblegarlas a menos que estemos dispuestos a decir la verdad sobre nosotrxs mismxs, y la verdad sobre nosotros siempre está en desacuerdo con lo que queremos ser. El esfuerzo humano es llevar estas dos realidades a una relación que se se parezca a la reconciliación. Los seres humanos que respetamos, e incluso a veces tememos más, son aquellos que, después de todo, están más profundamente involucrados en este esfuerzo delicado y agotador, pues tienen la autoridad inquebrantable que sólo viene de haber mirado, soportado y sobrevivido lo peor. La nación más sana es aquella que tiene la menor necesidad de desconfiar o marginar a estas personas que, como digo, honra una vez que se han ido, porque en algún lugar de nuestros corazones sabemos que no podemos vivir sin ellas.

Los peligros de ser un artista norteamericano no son mayores a los de ser un artista en cualquier otra parte del mundo, pero son muy particulares. Estos peligros son producidos por nuestra historia. Se basan en el hecho de que para conquistar este continente, la particular soledad de la que hablo -la soledad en la que uno descubre que la vida es trágica y por tanto indeciblemente bella- no podría ser permitida. Y el que esta prohibición es típica de todas las naciones emergentes quedará demostrado, sin lugar a dudas, durante los siguientes cincuenta años de muchas maneras. Este continente es ahora conquistado, pero nuestros hábitos y nuestros temores permanecen. Y, de la misma manera en que para convertirse en un ser humano social unx modifica, suprime y, en última instancia y sin gran coraje, unx se miente a sí mismx sobre su propio interior, ese caos inexplorado, nosotros también, como nación, hemos modificado o suprimido y nos hemos mentido sobre todas las fuerzas oscuras en nuestra historia. Sabemos, en el caso de la persona, que cualquiera que no pueda decirse la verdad sobre su pasado queda atrapado en él, queda inmovilizado en la prisión de su yo desconocido. Esto es cierto también para las naciones. Sabemos cómo, en semejante parálisis, una persona es incapaz de evaluar sus debilidades o fortalezas, y cuán frecuente confunde, de hecho, las unas con las otras. Y esto, creo, lo hacemos. Somos la nación más fuerte del mundo occidental pero no por las razones que creemos. Es porque, como ninguna otra nación, tenemos una oportunidad de superar los conceptos de raza, clase y casta del Viejo Mundo, para crear, finalmente, lo que debimos haber tenido en mente aquella primera vez que empezamos a hablar del Nuevo Mundo. Pero el precio de esto es una larga mirada hacia atrás a cuando llegamos y una evaluación inquebrantable de los registros. Para un artista, el registro de ese viaje se revela más claramente en las personalidades de la gente que el viaje produjo. Las sociedades nunca lo saben, pero la guerra de un artista con su sociedad es la guerra de un amante y logra, en su mejor momento, lo que los amantes hacen, que es revelar a el/la amadx a sí mismx y, con esa revelación, hacer real la libertad.

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