Sobre el bullicio literario africano

De Sarah Brouillette
(Tomado de Blind Field Journal)

We Need New Names, la novela de NoViolet Bulawayo del 2013, sigue a una pandilla de niños cuyas familias quedan desprovistas y han sido reubicadas en un barrio llamado Paradise en Zimbabwe, después de que les son arrebatados sus hogares y posesiones. Son víctimas de la Operación Murambatsvina de Robert Mugabe, o “Move the Trash”, conocida oficialmente como Operación Restaurar Orden. Una campaña del gobierno para limpiar las favelas del país, desde su inicio en 2005 ha significado la pérdida de hogares y medios de subsistencia para al menos 700.000 personas. Mugabe y otros funcionarios describen la operación como mano dura ante la vivienda ilegal y las actividades comerciales del mercado negro, y como un esfuerzo para reducir el riesgo de propagación de enfermedades infecciosas en las zonas pobres. Otros, incluyendo la ONU, lo describen como una campaña para desamparar a gran parte de los pobres urbanos y rurales, que integran en buena medida la oposición interna al gobierno de Mugabe.

James Arnett ha estudiado el interés de Bulawayo en la respuesta humanitaria a esta catástrofe y en la situación de desorden económico en el África subsahariana. Con la crisis económica mundial, la disminución de las inversiones extranjeras en proyectos de desarrollo, el aumento de los préstamos predatorios ofrecidos en condiciones draconianas, desempleo excepcionalmente alto y niveles catastróficos de inflación, una nación como Zimbabwe es rara vez considerada para cualquier tipo de inversión de capital; y cuando lo es, el trabajo que se ofrece es excepcionalmente temporal y mal pagado. Hay poca infraestructura de manufactura y poca agricultura a gran escala consolidada. Hay enormes poblaciones rurales y urbanas que viven con muy poco. En We Need New Names, no hay trabajo para los padres del personaje principal cerca de Paraíso. La madre de Darling trabaja en la frontera y su padre sólo regresa de su trabajo temporal para morir de SIDA frente a su hija. ¿Qué les queda en este contexto a Darling y sus amigos sino aceptar la beneficencia? De ahí el énfasis de la novela en la mediación del sufrimiento.

El sufrimiento ante la cámara es uno de los pocos medios que tienen los niños de Zimbabwe para satisfacer sus necesidades. Para procurarse a sí mismos deben mostrar sus cuerpos sufrientes y comerciar con la capacidad de generar sentimientos en los consumidores del mundo desarrollado. Nada se espera de ellos salvo que sufran de modo telegénico, decorosos y sin mucha agresividad, sin gritos, sin un exceso de entusiasmo por recibir recompensa.

Los personajes más ricos de la novela visten camisetas de “Save Darfur” e “Invisible Children”, mientras que las organizaciones de beneficencia y las ONG luchan por la atención de la gente y los pocos recursos. El activismo de sillón es representado a menudo: indulgencia virtual en sentimientos o posturas de indignación e ira, delatando poco entendimiento del verdadero alcance del problema, las causas reales de la pobreza, y así sucesivamente. En las descripciones de Bulawayo, las organizaciones de beneficencia no intentan ayudar a la gente a entender las circunstancias que producen las condiciones, sólo manufacturan imágenes de sufrimiento para asegurar las contribuciones. En un mercado competitivo, necesitan “vender” la idea de la caridad a los que están en condición de dar. Mientras tanto, gente que viste logos de caridad toma fotos de niños sufriendo para compartir en Instagram.

Bulawayo se centra en el controvertido tema de Ikhide Ikheloa, “Cómo no escribir sobre África”, que concluye, basada en una revisión de las postulaciones para el Premio Caine 2011, que los nuevos escritores ven a África “a través de un prisma muy estrecho, todo con la intención de ganar el Premio Caine”. [2] Ikheloa predice la victoria de Bulawayo por su historia “Hitting Budapest”, que se convirtió en el primer capítulo de We Need New Names: “Claro que puede escribir, por desgracia, su musa insiste en hurgar las cloacas de África”. Esta evaluación parte de un argumento familiar sobre cómo circula la literatura africana en los mercados occidentales. Los críticos han sostenido que los escritores complacen a los lectores occidentales atraídos por historias de “pobreza pornográfica” sobre “la África más oscura”; producen obras “extrovertidas” o “auto-antropologizantes” que asumen un público no africano. [3] Pero We Need New Names, de acuerdo a Arnett, no es una instancia de porno de la pobreza pornografica, sino de las condiciones de producción de la pobreza pornográfica, asume la mirada lasciva, y en este caso también humanitaria o activista, del lector-consumidor del mundo desarrollado. Vemos a través de Darling lo que hay que ver, de lo que hay que asombrase, con simpatía, fascinación impúdica, escarnio, indignación y más.

Más que eso, sin embargo, Bulawayo está respondiendo a lo que se puede describir como la ONGización de la literatura africana. Pues el nuevo renacimiento en la literatura africana ha tenido poco que ver con el desarrollo de lectores literarios viables en África, e instalaciones de producción de capitalización viable. La cruzada post-independentista por desarrollar lectores y oficios de publicación e impresión se enfrentaró a grandes obstáculos; fue casi paralizada por el ajuste estructural del FMI y el Banco Mundial y la liberalización del comercio en los años noventa, ahora ha sido casi abandonada. El campo de la literatura africana anglófona contemporánea depende de contribuyentes privados, principal mas no exclusivamente estadounidenses, que apoyan a una coalición transnacional de editores, escritores, jurados, organizadores de eventos e instructores de talleres. Las obras literarias que surgen de este medio tienden a ser dirigidas naturalmente a los mercados británico y estadounidense. Tomemos un momento para considerar exactamente cómo es que este llegó a ser el caso.

Aspectos de la historia de la publicación de literatura en África

Walter Bgoya y Mary Jay, que han hecho su carrera en la industria africanas del libro, escriben que en los primeros años de independencia, sólo el 9% de la población africana sabía leer y escribir. Sin embargo:

Con el avance de la alfabetización tras la independencia, la publicación se desarrolló, predominando la publicación educacional por parte de empresas extranjeras interesadas en desarrollar un mercado desaprovechado. Los libros no surgieron de África, sino de decisiones editoriales en el norte: las ideas, escritores y decisiones no eran africanas. Incluso cuando fueron originadas por las filiales locales de las compañías extranjeras que publican en idiomas europeos, eran las matrices en el extranjero y no las sucursales locales las que tomaron las decisiones finales en su publicación. [4]

En vez de desarrollar industrias locales, las agencias estatales, como la Oficina de Literatura de África Oriental, diseñaron libros de texto que fueron producidos por editores extranjeros. Apoyada por contribuciones gubernamentales, la Oficina “sufragó todos los riesgos de publicación para estos editores comerciales.” Era un acuerdo atractivo para los editores británicos (quizá menos para los contribuyentes africanos que ayudaron a financiarlo). No es de extrañar entonces que a finales de los años sesenta, cerca de ochenta editores británicos tuvieran “alguna forma de presencia en Kenia”. Invirtieron poca de la utilidad que obtuvieron de África, si acaso lo hicieron. [5]

De acuerdo a Byoga y Jay, en los setenta y principios de los ochenta se establecieron editoriales africanas índigenas, paraestatales e independientes. Sin embargo los gobiernos africanos, preocupados ante todo por el desarrollo económico, les dieron poco o ningún apoyo, “interpretando principalmente la cultura como folclore y bailes para entretener a los líderes del gobierno, de los partidos políticos y dignatarios extranjeros”. [6] Los autores y editores no estaban protegidos por una ley de propiedad intelectual robusta, la piratería era común. Las donaciones internacionales de libros bloquearon la producción local al inundar el mercado con libros baratos o gratuitos. El costo de los materiales se mantuvo alto. Muchos gobiernos no veían los libros como excepcionalmente importantes para el desarrollo nacional. Se negaron a relajar los impuestos y aranceles sobre la materia prima; el alto costo del papel, la tinta, la maquinaria para imprimir y demás, dificultó que los editores vendieran libros baratos. Los gobiernos africanos favorecieron las iniciativas de publicación estatales y paraestatales, especialmente para los libros de texto, como respuesta al dominio de los medios extranjeros.

Las políticas de ajuste estructural establecidas por el FMI y el Banco Mundial en los ochentas y noventas “agravaron los problemas inherentes de un sector débil”. [7] Se hizo aún más difícil acceder a financiamiento, con hasta un 40% de interés en préstamos bancarios y sobregiros. Las poblaciones ya empobrecidas tenían aún menos para gastar en artículos no esenciales. La poca alfabetización continuó, especialmente en los idiomas no indígenas en los que se publicaban los libros. Los sistemas de distribución se debilitaron aún más, las bibliotecas públicas casi colapsaron. Las ediciones paraestatales, universitarias e independientes estaban básicamente liquidadas. Sólo las editoriales extranjeras, británicas en particular, que siguieron suministrando libros a universidades e instituciones de nivel terciario, todavía hacían algo de dinero a pesar de la crisis.

En este tiempo, las ONG y las fundaciones privadas extranjeras decidieron asumir un poco del trabajo pendiente. El African Books Collective (ABC), al que dirigía Bgoya, era un grupo de diecisiete editores subsaharianos en activo. Se reunieron por primera vez en Londres en 1985 para discutir cómo superar los obstáculos. La reunión preliminar fue financiada por la Agencia Sueca de Cooperación para el Desarrollo Internacional (SIDA) y se basó en una conferencia organizada por la Fundación Dag Hammarskjöld en 1984, “La construcción de la autonomía editorial en África”. El capital inicial del ABC vino de tres donadores: el SIDA, la Fundación Ford y la Agencia Noruega para la Cooperación al Desarrollo (NORAD). Los editores afiliados al ABC tuvieron problemas al vender títulos a nivel internacional, debido a restricciones por cambio de divisas, elevados gastos de envío y lo incosteable de una comercialización internacional efectiva. El ABC se estableció así en el Reino Unido, desde donde comercializaron y distribuyeron títulos en inglés en todo el mundo. Las aportaciones de los donadores servían, por tanto, a una producción literaria extroverdida y tendida hacia afuera, más que para el desarrollo de un lector literario africano local.

En un recuento de su trabajo con Weaver Press de Zimbabwe, Irene Staunton señala que en el período postcolonial inmediato, el estado y los editores británicos trabajaron juntos en el desarrollo de una floreciente industria de libros de texto. En los ochentas, se podían imprimir 120’000 copias de un libro de texto primario y 30’000 para un libro de texto secundario. Pronto se hizo evidente, sin embargo, que la economía no iba a ser lo suficientemente dinámica como para respaldar la educación pública universal. Staunton señala que para que el mercado laboral absorba el creciente número de graduados, la economía tendría que crecer al 12 por ciento anual. Por otra parte, no existía un servicio de bibliotecas públicas con apoyo sustancial; el contenido, los salarios y el mantenimiento de las instalaciones son costosos; y las bibliotecas escolares no tenían mejor éxito. En un país donde la tasa de desempleo formal es superior al 85%, la gente no puede permitirse el lujo de comprar libros. Los que venden moderadamente bien “te acercan a Dios, al dinero (los libros de autoayuda son populares) y a pasar un examen”. [8] No es un contexto en el que pequeñes editores puedan prosperar, centrarse específicamente en un nicho literario sería básicamente imposible.

Sin embargo, afirma Staunton, “escritor” es un estado al que muchos aspiran. Weaver Press rechaza muchos manuscritos, y Staunton está impresionado por el número de escritores que confiesan que no leen literatura. Quizá han oído hablar de, o se han asociado con, la Asociación de Escritores Emergentes de Zimbabwe, o la asociación Mujeres Escritoras de Zimbabwe, que son financiadas por donadores, organizan talleres, publican antologías subsidiadas y han ofrecido un espacio a las personas que quieren escribir. Por tanto, los donadores son claramente esenciales, dada la situación en la que las personas desean escribir y ver su trabajo impreso, pero encuentran impedimentos que les impiden leer mucho, y por lo tanto no pueden formar parte de una comunidad lectora que compre y sostenga una industria viable.

En Zimbabwe durante los años ochenta y principios de los noventa, las asociaciones de nuevos escritores y los talleres se complementaron con la Feria Internacional del Libro de Zimbabwe, que se asoció con el ABC y la African Publishers Network, y durante un tiempo fue un vibrante centro de actividad literaria en África. Sin embargo, en los últimos años, tras la agitación y las reformas ineludibles desde los años noventa, la mayor parte de esta actividad ha disminuido. En Weaver Press, la mayoría de los ingresos provienen de tener títulos obligatorios para las escuelas. Hasta comienzos de los 90, escribe Staunton, “un título de nivel A vendería alrededor de 30.000 copias durante los tres o cuatro años de obligatoreidad y un título de nivel O considerablemente más”. Ahora, sin embargo, Weaver Press “se sentiría afortunada si vendiera la décima parte de eso”. ¿Por qué? Porque, como pasa casi en todas partes, el número de estudiantes que desean estudiar literatura ha disminuido dramáticamente. Los estudiantes reportan que es difícil relacionarse con libros de literatura; ha aumentado la presión sobre los profesores para que abarquen temas con parámetros claros y resultados de aprendizaje; y “los estudiantes no quieren cursar una materia que no siga el camino de una carrera clara”. [9] En cambio, se inscriben en cursos de negocios.

De acuerdo a la experiencia de Staunton, Weaver Press “funciona más como una organización sin fines de lucro que como una editorial comercial”. El futuro tampoco pinta bien para les editores literaries. Será un trabajo sin fines de lucro subsidiado por donadores, sin orientación al mercado, con poco o ningún futuro redituable. Más todavía, si bien la ayuda directa de donadores y fuentes no gubernamentales, por lo general internacionales, ha contribuido a subsanar algunas lagunas dejadas a raíz del apoyo estatal, esta ha sido relativamente modesta y precaria. También ha ayudado a llevar libros africanos a lectores internacionales, en vez de desarrollar mercados locales, lo que se supone es una causa perdida debido a los niveles generales de bienestar de la población, la alfabetización en inglés y el interés por la literatura.

Literatura y la “larga recesión”

Tampoco es que esta historia sea exclusiva del campo literario africano. Se tiene en vez el caso de que, en general, las condiciones integrales para el florecimiento de la literatura en inglés ya no están en su lugar. El renacimiento literario africano es un ejemplo ilustrativo de una situación general. Sintetizando una amplia erudición en la “larga recesión”, Joshua Clover escribe que las economías son cada vez más “no absorbentes”. Argumenta también que la democracia liberal declina a la par del “estilo de administración del capitalismo absorbente”. [10] El declive de la democracia liberal va de la mano del declive de aquello que la expresa, como la escritura literaria.

Hay una correlación considerable entre estar en el centro de la producción literaria y ser una economía avanzada que pasó por una era industrial, caracterizada por el predominio del trabajo asalariado, la educación pública y la alfabetización masiva. Sin importar el tema, la expresión de lo literario involucra a aquellos que han sido entrenados en un modo particular de expresión y que encarnan un sociolecto particular. Es constitutivo de lo literario que haya sido moldeado e instanciado de esta manera en particular, como sitio de exploración y expresión de un poder cultural relativamente elitista que asiste, apoya, justifica y responde a las formaciones hegemónicas del capital a medida que surgen y quedan sujetas a cuestionamientos y desplazamientos.

La escritura literaria es una categoría atada inexorablemente al destino del capitalismo dinámico, absorbente y “saludable”. Con la disminución de la base tributaria, deudas crecientes y altos gastos en seguridad nacional y vigilancia policial, la mayoría de los estados están teniendo dificultades al costear las condiciones sociales que alguna vez costearon, incluyendo cualquier tipo de apoyo a la educación superior. Muchas cosas que son necesarias para el desarrollo de la disposición específicamente literaria están cada vez menos disponibles. Se incluyen el ocio y la concentración para leer por períodos de tiempo relativamente largos, la exposición al tipo de educación que inculca el valor de las experiencias estéticas y literarias, instituciones públicas disponibles y relativamente acogedoras de artes y culturas expresivas, etc.

Cercados en este descenso de lo literario quedan cosas como los departamentos académicos de Inglés, la capacidad de ganarse la vida escribiendo sólo literatura, la creencia de que el Estado debe apoyar a los escritores y artistas individuales, etc. La escritura literaria es saludable cuando hay un mercado de trabajo relativamente saludable. Su momento de mayor disponibilidad -la era del libro de bolsillo de Penguin, digamos- exigía un régimen de derechos de autor aplicable, una educación pública universal y altos índices de empleo. Su estatus declina con todo esto, el interés en ella disminuye a medida que la gente es desplazada de una vida profesional segura. Un editorial reciente de la revista Cultural Sociology sostiene que la literatura “es de poca importancia” para las elites del siglo XXI. Se ha convertido, en cambio, en “un objeto de consumo cultural para publicos cada vez más reducidos y avejentados”. [11] Nadie haría la absurda aseveración de que leer y escribir literatura es completamente anticuado. Pero la literatura se produce ahora en una situación general de declive.

El renacimiento literario africano

¿Qué hay, entonces, del “bullicio literario africano”? Hay lugares donde la ayuda de las donaciones ha sido eficaz, Nairobi y Lagos por ejemplo, que tienen importantes economías culturales. Hay una importante comunidad literaria africana prosperando en ciudades clave. Son un círculo que suele trabajar a partir de las donaciones para sus publicaciones y talleres, capaz de aprovechar las conexiones y sinergias que existen dentro de cualquier pequeño grupo y relativamente rico de productores y consumidores culturales: periodistas, músicos, académicos, etc. Los escritores que pertenecen a este círculo particular son publicados en el extranjero, apoyados por programas estadounidenses de escritura creativa, profesores de departamentos de Inglés y agencias literarias basadas en EE.UU. y Reino Unido, especialmente la agencia Andrew Wylie que representa a varios de los escritores africanos más conocidos, como Chimamanda Ngozi Adichie, Binyavanga Wainaina, Helen Oyeyemi, NoViolet Bulawayo, Teju Cole, Taiye Selasi e Yvonne Adhiambo Owuor. Como resultado, aunque hay un pequeño número de lectores en estos centros urbanos, no es tan importante que existan lectores locales. Estos escritores han evitado el problema del ausente lector africano. Se cuenta con donaciones para apoyar la actividad de la escritura, conceder premios a autores y facilitar el acceso a los mercados extranjeros, incluído el estadounidense.

Un nodo clave en la red es el Fideicomiso Kwani, financiado por la Fundación Ford de Estados Unidos. Fue fundado en 2003, cuando Binyavanga Wainaina, quien ganó el Premio Caine 2002, regresó a Kenia después de 10 años como estudiante y periodista en Sudáfrica. El Fideicomiso Kwani es una red literaria basada en Kenia que surgió de una conversación por correo electrónico entre escritores y otros miembros de la comunidad cultural. Un grupo comenzó a reunirse en persona en Nairobi; a menudo, de acuerdo a Kate Wallis, “en el jardín del editor de África oriental Ali Zaidi y la escultora Irene Wanjiru”; y decidieron que sería una buena idea comenzar una nueva editorial para publicar escritores africanos en Kenia. También lanzó en línea la revista Kwani?, con Wainaina como su primer editor y aseguró su financiamiento. En sus primeros años, el fideicomiso recibió entre 100,000 y 255,000 dólares anuales por parte de la Fundación Ford. Estas cantidades han aumentado junto con el rendimiento del fideicomiso: en 2009 fue de 395,000 y en 2011 de 600.000 dólares.

Doreen Strauhs ha estudiado al Fideicomiso Kwani como ejemplo de un nuevo fenómeno de ONG específicamente literarias que ofrecen un “modelo distinto para la escritura creativa africana en inglés”. Estas “ONG literarias” se comprometen con apoyo al talento literario, eventos y publicaciones en el sector sin fines de lucro; están registradas como organizaciones sin fines de lucro, o separan becas de ingresos y actividades lucrativas de las que no para efectos fiscales. [10] Dependen de financiación internacional y son independientes de gobiernos locales. Kwani se constituyó en 2003 como un fideicomiso precisamente porque era el “cuerpo jurídico más rápido de consolidar… que permitía la absorción de becas y donativos”. [12]

No es la primera vez que la producción de literatura africana ha tenido patrocinadores extranjeros, aunque la financiación a través de departamentos estatales ha cedido el paso a las fundaciones privadas. Sabemos que en los sesentas la financiación de los patrocinadores estaba vinculada, a menudo de manera ilícita, a las campañas de diplomacia cultural de la Guerra Fría. Los Clubes Mbari, el Centro Creativo Chemchemi y Transition fueron todos financiados por el Congreso por la Libertad Cultural y por su organización matriz, la Fundación Fairfield, respaldada por la CIA y que trabajó en pos de sus intereses. El jefe de Transition, Rajat Neogy encarnó ideales que Fairfield quería ver reforzados: “democracia multipartidista, libertad de expresión, primacía de las élites intelectuales sobre las burocráticas, políticas, militares y tribales y un continuo intercambio cultural con y leal a Occidente”. [13] Muchos involucrados no sabían que eran beneficiarios de fondos de la CIA, y su distancia de las prerrogativas estadounidenses oficiales era útil dada la común afirmación norteamericana de que, a diferencia de los Soviéticos, Estados Unidos apoyaba el ideal de total libertad de expresión en sus escritores y artistas.

Por su parte, los objetivos generales de la Fundación Ford no son del todo distintos a los de la CIA de la Guerra Fría (Ford también apoyó a los Mbari Clubs): extender la democracia capitalista liberal a nivel mundial. Se presenta a sí misma como buscando “garantizar la seguridad y el bienestar de los ciudadanos, ampliar la democratización y participación cívica… fomentar la creatividad en las artes, fortalecer la libertad de expresión y celebrar la diversidad de herencia e identidad, y construir nuevas alianzas para la paz y justicia social”. No apoyaría ninguna publicación que no apoyara evidentemente estas metas; es decir, apoya la cultura en tanto pueda ser indizada a la tarea de asegurar una política pacífica a pesar de las condiciones de pobreza general e inestabilidad. Hace disponibles salidas para la expresión creativa para aquellos que apoyen objetivos similares.

Strauhs señala cómo los escritores de el Fideicomiso Kwani insisten consistentemente en que trabajan independientes a cualquier fuente de financiamiento, se “consideran a sí mismos tanques de escritura”. [14] La Fundación Kwani opera junto con la Fundación Ford y el financiado Premio Caine, aun cuando hay claras conexiones claras de amistad e influencia entre el personal de Ford, los jueces y el personal del premio y la gente involucrada con la Fundación Kwani. Muchas de las historias que han ganado el Premio Caine o que han sido preseleccionadas fueron publicadas en Kwani? y se ha especulado sobre la amistad de Wainaina con Nick Elam, un administrador del Premio Caine. Por propia cuenta de Elam, aunque conocía al gerente de la Fundación Ford en Kenia cuando la Fundación Kwani recibió fondos, este no fue un factor de apoyo a la empresa. No es como si el Premio Caine se propusiera comenzar una revista literaria. [15]

El Fideicomiso Kwani no se entiende a sí mismo involucrado en una situación de dependencia. En vez, son “socios comerciales de sus donantes con quienes eligen trabajar juntos, supuestamente sólo una vez que los objetivos mutuos están en línea con la agenda de la ONG literaria”. [16] Alianzas, emprendimiento cultural, economías creativas, mantener a las gente en una especie de trabajo absorbente: esos son términos clave para la Fundación Ford y las actividades relacionadas de donantes privados en África, así como en iniciativas intergubernamentales, como los apoyos de la UNESCO para el desarrollo cultural. Que los escritores vean su trabajo ajeno a cualquier prerrogativa del donante es sintomático de la particular mentalidad literaria que la Fundación Ford reconoce y apoya, lo que uno de los entrevistados de Strauhs llama sensibilidad Kwani?”. [17] Strauhs observa que, como grupo, los escritores afiliados al Fideicomiso Kwani coinciden en que no es su trabajo ni su deber luchar por el cambio social y político; odian ser encasillados de cualquier modo; no están interesados en debates sobre la política de escribir en inglés, que consideran pasados; prefieren ser transnacionales en vez de estar atados a una nación o identidad africana particular (y de hecho varios, incluido Wainaina, trabajan en departamentos de inglés en EE. UU.); y están ansiosos por enfatizar su autonomía tanto de la Fundación Ford como del Fideicomiso Kwani. [18] Cuando Wainaina fue nombrado Líder Mundial Juvenil por el Foro Económico Mundial en 2006 -un premio diseñado para reconocer el “potencial para contribuir a dar forma al futuro del mundo”- rechazó el premio. Reflexionando después sobre su decisión, dijo que “sería un acto de gran fraude para mí aceptar la idea trivial de que ‘voy a impactar de manera significativa los asuntos mundiales'” [19].

Los vínculos del Fideicomiso Kwani con otras organizaciones africanas son cruciales. La crónica reciente de Kate Wallis de las redes de prestigio literario africano proporciona muchos detalles fascinantes. Baste con mencionar algunos de los eventos y sinergias que detalla. En Lagos a principios de 2010, A. Igoni Barrett, que había sido editor de la revista Farafina, lanzó un evento llamado Book Jam en un exclusivo centro comercial en la Isla Victoria. Su meta inicial era vender más copias de su colección de cuentos From Caves of Rotten Teeth. Wallis señala que: “Para alentar la compra de libros, Barrett usó las conexiones de Silverbird para obtener ‘regalos’ de patrocinadores de alto perfil -desde camisas de diseñador hasta teléfonos móviles- y todos los que compraron un libro participaron en un sorteo para ganar el premio de ese mes.” [20] Los autores involucrados incluyen a Helon Habila, Tsitsi Dangaremba, Uwem Akpan, Karen King-Aribisala y Chimamanda Ngozi Adichie. En un evento, Wainaina se encontró con la escritura de Barrett, y después, como director del Centro Chinua Achebe en Bard College, le ofreció a Barrett una beca de escritura. Así, Barrett pudo completar Love is Power, or Something Like That, que Wainaina reenvió a su agente, Sarah Chalfant, de la Agencia Wylie. Wylie aceptó representarlo, y Love is Power, or Something Like That, junto con la novela de Barrett, Blackass, tuvieron un contrato al poco. Fueron publicados en los Estados Unidos por la editorial independiente sin ánimos de lucro Graywolf Press y en el Reino Unido por Chatto & Windus, una imprenta propiedad de Penguin Random House.

Wainaina y Adichie son intermediarios culturales de primera, facilitando a otros escritores acceso a mecanismos de publicación y promoción. Como detalla Wallis, aparecen en eventos promocionando nuevas obras, como el lanzamiento de Farafina de Fine Boys de Eghosa Imasuen, que tuvo lugar en 2012 en una librería en la próspera zona de Ikoyi, en Lagos. Farafina es la editora de Adichie desde hace mucho en Nigeria, pero la relación va mucho más allá. En 2007, Adichie lanzó lo que se ha convertido en el Taller Anual en Escritura Creativa de la Fundación Farafina. Wainaina mismo estaba en Lagos en 2012, y participó en el lanzamiento de Fine Boys, porque estaba enseñando con Adichie en el Taller de Escritura Creativa, como lo había estado haciendo desde 2007. En 2010 se publicó una primera versión del capítulo inicial de Fine Boys en Kwani? Barrett no solo trabajó en Farafina; es su editor en Nigeria. Blackass de Barrett fue encargada por Eghosa Imasuen, que en 2013 se convirtió en Director de Operaciones de Kachifo Limited, dueño de la imprenta de Farafina; Imasuen ha impartido el Taller de Escritura Creativa de manera conjunta con Adichie y Wainaina.

En 2013, el Fideicomiso Kwani organizó una fiesta para celebrar su décimo aniversario; allí lanzaron la edición keniana de Dust de Yvonne Adhiambo Owuor (la edición estadounidense fue publicada por Knopf y la edición británica por Granta) y una edición keniana del Americanah de Adichie. Owuor y Adichie aparecieron en el evento de lanzamiento en conversación con Wainaina. Owuor fue parte de las conversaciones originales que llevaron al establecimiento de Kwani? La primera edición de la revista incluyó su cuento Weight of Whispers, que ganó el Premio Caine. Las ediciones de Kwani? se basan repetidamente en un pequeño grupo de escritores, una necesidad, tal vez, si el objetivo es “identificar y alimentar a los escritores con potencial” y comprometerse con su trabajo de manera sostenida. En los números 1 al 5, se publicaron 103 autores, pero hubo una concentración de publicaciones en un pequeño grupo, especialmente personal del Fideicomiso o la revista, voluntarios asociados y miembros fundadores. [21] También durante las celebraciones del décimo aniversario, en el premio a manuscritos inéditos del Fideicomiso Kwani, Ellah Wakatama Allfrey fungió como juez. Allfrey, que nació en Zimbabwe, es exdirector adjunto de Granta, ha sido juez del Premio Man Booker y es vicepresidente del Consejo del Premio Caine. Wallis también menciona a Muthoni Garland, quien estuvo involucrado en los comienzos del Fideicomiso Kwani y ha sido publicado con frecuencia en Kwani? En 2007 inició Storymoja con un grupo de otros escritores, publica otras obras populares y libros infantiles y durante seis años colaboró ​​con el Hay Festival para dirigir el Festival Storymoja.

Si bien es legítimo afirmar que la escritura que surge de esta escena es de orientación occidental -dirigida principalmente a los mercados británico y estadounidense- una podría exponer el punto con mayor precisión. La situación es la siguiente: redes de escritores apoyados por fondos financiados por donantes que dependen más de sí mismos como intermediarios culturales, donantes internacionales y mercados extranjeros, que de la existencia de un público local para las obras literarias. Las publicaciones impresas del Fideicomiso Kwani se venden en librerías, tiendas de conveniencia y supermercados en Nairobi y en tiendas selectas en Mombasa, pero la población rural de Kenia es del 77.8%. [22] También se venden en línea, pero solo 9 de cada 100 personas en Kenia tienen acceso a Internet. [23] La edición actual de Kwani? cuesta diecisiete dólares y un título reciente de Kwaninis -una serie de libros de bolsillo- cuesta diez, demasiado caro para la mayoría de los kenianos, que, de acuerdo a la ONU, tienen un ingreso diario promedio de cuatro dólares, y la mayoría las personas vive debajo de la línea de pobreza. Como señala Strauhs -y a riesgo de exponer lo obvio- las personas involucradas en el avance del Fideicomiso tienen “hábitos, situación económica y estatus social” que son “dramáticamente distintos de la mayoría de la población de Kenia”. [24]

Necesitamos nuevos nombres y superfluidad

Volvamos a We Need New Names de Bonewayo: con su interés en la inestabilidad económica y cómo experimenta Darling la dependencia de las ONG, es claramente un trabajo de y sobre economías no absorbentes. Podemos contrastarla en este respecto con una novela de otro célebre novelista zimbabuense, dedicada a un período anterior de la historia de Zimbabwe: Nervous Conditions, de Tsi Tsi Dangarembga, publicado en 1988. [25] Nervous Conditions está escrita desde el punto de vista de una adulta que mira en retrospectiva su experiencia de niñez en un sistema de educación colonial que seleccionaba algunos niños negros para educarlos, con la idea de que sus familias compartirían de algún modo su éxito y los niños seleccionados se convertirían en líderes. Los niños están destinados a estar -y Tambu lo está al principio- agradecidos por la generosidad de los colonos blancos.

Rhodesia fue establecida como una colonia a fines del siglo XIX por la British South African Company, que buscaba extraer la riqueza mineral de la zona. La compañía tenía derechos comerciales monopólicos en la región, dominio de los recursos naturales del país y poderes extraordinarios de vigilancia en tanto que ayudara a garantizar el desarrollo y el proceso “civilizatorio” de los nativos. Su líder era Cecil Rhodes, un ejemplar de ideología imperialista y racista. Habiendo sido colonizado el país, con los recursos en proceso de extracción y las personas reclutadas en trabajos horribles por poco o ningún sueldo, ¿se supone que se debían alegrarse si unos cuantos fueran seleccionados para recibir una buena educación cristiana? Este es el brutal escándalo que Nervous Conditions describe tan bien. Es muy difícil para Tambu apartarse del camino trazado para ella. No puede evitar creerlo al menos un poco, porque no quiere quedar como su madre, atrapada al servicio de un hombre en una aldea Shona toda su vida. De hecho, a lo largo de la novela, la ideología del desarrollo parece ser una forma de adaptar a los niños y sus familias a un sistema de extracción tipo flautista de Hamelin de individuos “dotados” de sus comunidades y su reubicación en lo que a Tambu le parece un mundo cosificado de placeres espirituales de orden superior. ¡Las cosas en la comunidad cristiana de su tío rico son hermosas sin ninguna razón! Tambu encuentra esto alucinante y seductor.

En una de las primeras escenas de la novela, Tambu va a un mercado a vender mazorcas que ella misma cultivó para conseguir algo de dinero para las cuotas escolares que su padre no puede pagar. No consigue vender mucho, pero ve a los blancos por primera vez -su aroma y su delgada piel de papel la horrorizan- y el hombre que accedió a llevarla al mercado se involucra en una confrontación con una pareja racista. Aparentemente ajenos a las limitaciones impuestas en la escolaridad de una niña en una zona rural de África, acusan a su acompañante de explotarla e insisten en que debería estar en la escuela. Su acompañante finalmente los tranquiliza cuando cuenta una historia triste que, como Tambu, no escuchamos porque está en inglés. Cualquiera que sea la historia, funciona: le dan al hombre una cantidad de dinero que las mazorcas nunca habrían obtenido. El trabajo de Tambu no es recompensado; en vez, se convierte en sujeta de caridad porque tiene una historia triste. Esto la molesta, pero al menos puede pagar sus cuotas escolares.

Comparemos esto con la escena más notable de las transacciones de mercado en We Need New Names. El día en que llega la “ONG”, los niños corren a encontrarse con el camión. Saben que no deben abrumar a los trabajadores de la ONG, saben que no deben gritar demasiado fuerte. Saben que necesitarán posar para las fotos. Una mujer local, Sis Betty, actúa como intermediaria. Aconseja a todos el decoro apropiado: sonríe, di gracias, mira satisfecho pero no muy contento. No seas exigente, no clames. Darling se da cuenta de que el fotógrafo está especialmente interesado en las fotos de su muy joven amiga embarazada, y un niño cuyos shorts están rotos por detrás, exponiendo su trasero. Ella describe su fotografía como “tomando de nuevo” y se pregunta quién verá las imágenes. También nota las “cosas brillantes” en los dedos de uno de los miembros de la ONG. Están brillando en el sol.

Ambas novelas vilipendan la idea de la benevolencia del salvador blanco. En Nervous Conditions, la caridad de los colonos blancos, con la consecuente implicación de que el orden colonial es en sí un regalo para los colonizados, queda desmentida por el amplio hecho, enfatizado a lo largo de la novela, de que su posesión se basa en el despojo de aquellos que se supone deben estar agradecidos por la generosidad (posterior, tardía). En We Need New Names, la idea del “regalo” dado por una ONG se ve socavada porque Darling experimenta la fotografía como una especie de captura. El hecho de que los niños dependan de la llegada de este camión se trata como un producto de la historia de las desiguales economías coloniales y neocoloniales de las cuales los trabajadores de las ONG han sido beneficiarios. ¿A qué se podría referir el anillo destellante de la mujer sino a las minas de diamantes de Cecil Rhodes, asesinas, rentables?

Dicho esto, la escena del mercado en Nervous Conditions es parte de un viaje de desarrollo. Tambu aprende que no quiere ser sujeta de caridad. Quiere ser educada y ganarse la vida por otros medios. Nervous Conditions presenta el poder de escribir la historia de uno como el fruto de la novela de aprendizajo (bildungsroman) poscolonial del narrador. Habiendo experimentado desarrollo, al final de su historia, Tambu está lista para evaluarlo y criticarlo cuando sea necesario, y su trabajo ingresará al mercado como una intervención en un relato de progreso que de otro modo no se cuestionaría. Se trata principalmente de ganar una voz, de ser crítica. En We Need New Names, los sujetos circunscritos de la caridad tienen poco margen para aspirar a algo mejor. Se concentran en cambio en fantasías de escape. El trabajo de Bulawayo presenta así la triste historia -porno de la pobreza- no como un conducto a nada, sino simplemente como agotadora. La historia que uno se puede contar es menos ganar una voz que tener que aceptar una postura como víctima. La novela es, entonces, un trabajo autorreflexivo sobre no querer ser encasillado. Resiente las relaciones dispares que caracterizan el campo literario. Estas relaciones aseguran la confianza extrovertida de la esfera literaria africana en el apoyo de donantes y consumidores estadounidenses.

Llevando un poco más lejos la comparación, parece correcto decir que Nervous conditions, escrita en los ochentas, es en última instancia un trabajo que anhela la inclusión total de la fuerza laboral y lamenta las exclusiones dictadas por las hegemonías coloniales racistas. El horizonte político de la novela es, básicamente, más inclusión de auto determinación y más protagonismo económico efectivo. We Need New Names, publicada en 2013, es, por el contrario, una novela sobre, y hecha por supuesto por, la desaparición de las fantasías de la plena participación en la fuerza de trabajo. Se trata de la superfluidad y el alza de las ONG, literarias y de otro tipo, y de una disminución de las opciones para el escritor africano que espera asegurar una parte de una menguante audiencia para la expresión literaria. Su horizonte político es más difícil de discernir, pero es algo así como el final del complejo humanitario industrial: del sufrimiento espectacularizado del niño africano empobrecido, la playera de activismo de sillón, el voluntariado como turismo, las condiciones de indigencia económica y el sufrimiento del niño como espectáculo.

Consideremos el Premio Caine que Bulawayo misma ganó y ​​que ha sido uno de los apoyos más importantes para el desarrollo de escritores africanos en los últimos años. Sus principal financiación viene del Fideicomiso Oppenheimer Memorial que se fundó con el dinero de Ernest Oppenheimer, gran parte del cual vino de la extracción de oro y diamantes. Ese brillante anillo enjoyado otra vez: los trabajadores explotados, las ganancias acumuladas en los cofres de las casas matrices europeas, etcétera. Bulawayo hizo que la trabajadora de la ONG luciera su anillo de fantasía en un barrio pobre de Zimbabwe porque quiere que recordemos que la ayuda humanitaria es un producto de, y no una solución a, un conjunto mayor de relaciones desiguales. Esas relaciones están ahí en las fotografías de la ONG y en los niños en el capítulo “Hitting Budapest” deambulando por el rico suburbio adyacente atiborrándose de frutas robadas; y están también allí en el Premio Caine, en el campo literario africano respaldado por donaciones. Este campo se caracteriza por un abismo cada vez mayor entre la riqueza y la carencia, un abismo general para el medio literario mundial en inglés en la era de las economías no absorbentes. Naturalmente hoy somos testigos de una disminución en los apoyos materiales y afectivos para la adquisición de la disposición literaria, y encontramos -en una historia clásica de privación y concentración de riqueza- envuelto todo en un mismo paquete el interés cada vez menor en el inglés universitario, la preocupación de la industria por asegurar nuevos lectores, la dependencia a donaciones, el aumento de los festivales como eventos para hacer dinero, las círculos estrechos, los eventos de prestigio, las librerías elegantes, las agencias poderosas y los premios. Signos de vigor concentrado evidencian salud y decadencia todo a la vez.

Trabajos citados

[1] Bulawayo, NoViolet. We Need New Names. New York: Little, Brown & Co., 2013.

[2] Ikheloa, Ikhide. “The 2011 Caine Prize: How Not to Write About Africa.” Mayo 2011. https://xokigbo.com/2012/03/11/the-2011-caine-prize-how-not-to-write-about-africa/

[3] Ede, Amatoritsero. “Narrative Moment and Self-Anthropologizing Discourse.” Research in African Literatures 46.3 (Otoño 2015): 112-29. Julien, Eileen. “The Extroverted African Novel.” In The Novel, Volume 1: History, Geography and Culture. Ed. Franco Moretti et al. Princeton UP, 2007. 667-702.

[4] Bgoya, Walter, and Mary Jay. “Publishing in Africa from Independence to the Present Day.” Research in African Literatures 44.2 (Summer 2013): p. 6.

[5] Ibid., p. 19.

[6] Ibid., p. 19.

[7] Ibid., p. 20.

[8] Staunton, Irene. “Publishing for Pleasure in Zimbabwe: The Experience of Weaver Press.” Wasafiri 31.4 (December 2016): 49-54.

[9] Ibid., p. 52.

[10] Clover, Joshua. “Fanon: Absorption and Coloniality.” Artículo de conferencia, MLA, 5 Ene 2017.

[10] Strauhs, Doreen. African Literary NGOs: Power, Politics, and Participation. London: Palgrave, 2013, p. 22.

[11] Franssen, Thomas, and Giselinde Kuipers. “Sociology of Literature and Publishing in the Early 21st Century: Away from the Centre.” Cultural Sociology 9.3 (2015): 291-5.

[12] Ibid. p. 38.

[13] Adesokan, Akin. “Retelling a Forgettable Tale: Black Orpheus and Transition—Revisited.” African Quarterly on the Arts 1.3 (1996), p. 55.

[14] Strauhs, p. 63.

[15] Ibid., pp. 36-7.

[16] Strauhs, p. 64.

[17] Strauhs, p. 144.

[18] Ibid., pp. 104-5.

[19] Ibid., p. 101.

[20] Wallis, Kate. “Exchanges in Nairobi and Kenya: Conceptualizing pan-African literary networks and mapping world literary space.” Por aparecer en 2017 en Research in African Literatures (Special issue: Interrogating the “Post-Nation” in African Literary Writing: Globalities and Localities).

[21] Strauhs, p. 144.

[22] Ibid., p. 83.

[23] Ibid., p. 86.

[24] Ibid., p. 146.

[25] Dangerembga, Tsi Tsi. Nervous Conditions. New York: Seal Press, 1988.

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